Judas

Mi mayor miedo desde que había abandonado la adolescencia era siempre recurrente, no me creía capaz de enamorarme, amar a alguien, dejarlo todo,dejarse una misma por alguien más.

Mis elecciones de pareja no habían sido las más adecuadas para lograr revertir ese temor, todos chicos lindos, de buena familia, cariñosos, enamorados de, vaya uno a saber cual aspecto de mi persona; todos estos príncipes azules tenían algo en común, eran aburridos al extremo, estoy segura que si hubiese prolongado mis días con ellos, ese azul se hubiera desteñido en un grisáceo con sabor a nada.

La controvertida y bella Frida Kahlo decía Si no hay amor que no haya nada, y realmente mi vida se regía por esa premisa, sin amor, sin sorpresas, sin la sensación de vértigo al mirar a alguien, hasta ese verano, claro, donde nos vimos por primera vez.

Todo en él era simétrico, su cabello oscuro para no desentonar con esa piel azabache, los ojos negros de gato, que podían si te descuidabas fulminarte al coincidir en la mirada.

Estaba tranquila, si bien tenía todos los hermosos detalles por los cual mi corazón caprichoso lo hubiese elegido, tenía una cualidad que lo volvía intocable e indeseable; era el prometido de mi tía, esa brillante persona que tantas veces había tomado el papel de segunda madre, quien me había criado, tantos años compartidos, tantas vivencias ganadas y momentos que forjaron mi esencia, aquella a la que estaba a punto de renunciar.

Con esa sensación de tranquilidad, me desenvolví serena y pasivamente, de alguna manera formamos un triángulo, donde ellos, la pareja perfecta fundaban la base y yo, la oveja descarriada de la familia, era el vértice restante. Todos mis veranos los pasaba en la casa de la playa de mi tía, y si bien este sería su último verano de soltera, tuvo la diferencia de invitarme y hacerme parte de la pequeña familia que ellos habían formado; nunca me sentí fuera de lugar, era como si funcionáramos de manera perfecta.

Llegó el otoño y aquellas tres personas se habían convertido en un dúo, un dúo prohibido, impensable, utópico; sin desearlo ni buscarlo, me encontraba amando por primera vez en mi vida a la única persona que el mundo me tenía prohibida, una manzana del edén imposible de morder, imposible de tener. Sin conciencia plena transité un camino junto a él, convencida que seguíamos siendo tres personajes en esta historia, hasta que el destino nos enfrentó a una mañana donde todo dejó de ser como era, y nos convertimos en ángel y diablo al mismo tiempo.

-¿Me enseñas a bailar?- Dijo acostado sobre el sillón, buscando fotos para el video de casamiento que les estaba ayudando a preparar.

En algún punto sigo creyendo la inocencia en esa invitación de baile, la ingenuidad de dos cuerpos ignorantes de su pertenencia hasta el momentodonde se rozaron por primera vez. Ninguno pudo disimularlo, tambores cardíacos al unísono, dos pieles camufladas en una, el ritmo marcado por la música elevando los pies del suelo, y un conjuro entre sus ojos y los míos, la perfección de lo imposible.

El sonido de la llave en la puerta, nos devolvió a la realidad, entró ella, vestida con una sonrisa de esa felicidad que explota, la misma que no te deja ver ante tus ojos, como toda la vida que planeaste se desvanece y no queda nada por hacer para poder evitarlo.

Nos quedamos los tres en silencio, no recuerdo si fue él o yo , quien se excusó primero, contando una anécdota forzada sobre no saber bailar. La miré y me miró, el había desaparecido de la escena, éramos ella y yo mirándonos, no necesitamos subtítulos ni letras aleatoriamente ordenadas que formaran las palabras -¿cómo pudiste? en su caso, en el mío, aún sigo buscando las palabras que se pudieran asemejar al dolor que sentía por generarle a ella, esa herida incurable, esa cicatriz en su piel con mi nombre.

Los meses siguientes, incluyeron amenazas verbales sobre quien haría qué cosa, todo devino en una batalla de dos guerreras que nunca debieron haberse enfrentado, luchando por un amor, cuyo final ya estaba marcado para ambas, no importaba quien resultara victoriosa del amor de aquel hombre convertido en el preciado trofeo, ninguna historia con este comienzo podría dar con un final feliz.

Cuento participante de la antología “La Venganza”, Editorial Dunken, 2015.


Maria-Puetrueli-Escritora-Critica-Guionista-Firma-Smallest