Los Patitas Cortas

Mirar,  no sólo estaba mirando el lugar donde vivimos con mi madre y mi hermano. Bueno y él. Él también vivió ahí, como aún vive en mí, en mis pesadillas, en las sombras que presiento nunca se irán.

Contemplando aquella casa, donde fuimos niños que se convertían en piratas, en indios, en capitanes de barcos; sentía que todo en la atmósfera me tajaba el  pecho, los recuerdos de aquel día volvían con más peso de lo habitual, ese día, donde un giro de la vida interrumpió todo juego y Raúl con quince años y yo con trece, renunciamos a nuestra infancia y nos convertimos, sin desearlo, en hombres.

De los dos, Raúl siempre fue el visceral, el decidido, yo todo lo analizaba, lo pensaba una y otra vez; y así fue como él, después de aquella noche del verano del 87, tomó sus cosas y nunca más regresó.

Yo me fui el verano siguiente, y  nunca pude volver, hasta el día de hoy.

Llegué por la mañana, el viento motivaba una marejada caprichosa y tenaz, características tan reconocibles también en ella, mi madre,  quien esperó mi llegada para dejar atrás este mundo que tanto le quedó debiendo.

Elba, la mujer que acompañó a mi madre desde siempre, me ayudó con el amarre del bote, miró hacia la ventana donde las cortinas no dejaban ver ni un haz de luz, y asintió, haciéndome saber que allí me esperaba ella, para verme por lo menos, una vez más.

Todo pasó tan rápido, tomé su mano y antes de soltarme y abrazarse a  la muerte, susurró en mi oído: -Tu hermano y vos salvaron mi vida, sean felices.

Si bien sentí que la sangre había dejado de fluir en mí, y esquivando los parámetros de mi personalidad, actué por impulso sin pensar absolutamente en nada, tomé el viejo aparato telefónico y marqué.

-Raúl, es tu hermano Pedro. Juraría que le hizo un gesto a su mujer de no querer atender, el cual ella seguramente ignoró y para mi sorpresa del otro lado del teléfono, después de tantos años escuché la voz de mi hermano.

-Hola Pedro, cómo estás? Dijo austero y nervioso.

-Hola Raúl, yo estoy bien. Hice una breve pausa.

-Mamá falleció esta mañana, deberíamos reunirnos por la tarde, acá en la casa del río; un abogado vendrá alrededor de las seis de la tarde. Podrás llegar?

-Si Pedro, allí estaré. Espero llegar pasado el mediodía.

Y eso fue todo, salí al muelle a esperar por mi hermano, embargado por una esperanza grisácea, de que tal vez  al verlo, o al ya no existir la casa del río, la culpa que me quemaba el pecho desde que tenía memoria, desapareciera junto con ese secreto que hacía difícil el simple acto de respirar.

Mi hermano llegó por la tarde, era la misma persona que vi alejarse de este mismo muelle,  quince años más sobre sí, la barba prolija, le ropa impecable, y a diferencia mía, una altura que yo no había podido lograr.

Nos dimos un abrazo, de esos que se quedan cortos pero que no pueden ser más largos, entramos a la casa, no quiso ver a nuestra madre, saludó a Elba, algo distante, siempre se sintió intimidado por ella, soló le pidió las llaves del galpón del fondo y minutos después nos encontramos los dos parados ante la puerta rajada de aquel lugar, al cual ninguno de los dos quería entrar.

Raúl abrió la puerta y al poner un pie dentro, volvimos a tener los dos, nuestra infancia cara a cara.

 

-Dale Pedro, apurate! Se me cae esta carretilla con todas las herramientas.

Raul había llegado corriendo del terreno abandonado, contiguo al nuestro, con una carretilla repleta de cosas.

Yo corría lo más rápido posible, hasta que tropecé con lo que pensaba era una piedra, pero resultó ser el zapato de mi padre.

-No hay caso Pedro, vos y tu hermano no van a crecer más, las mismas patitas cortas que tu madre, ni eso de mi pudieron heredar.

-¿Cómo es posible que corras tan lento?  Lo miré desde el suelo con la cara llena de tierra, estaba demasiado acostumbrado a sus maltratos para con nosotros y mi madre, así que solo optaba por mantener silencio y aguantar todo lo que pudiera hasta que él se cansara de degradarnos.

-¿A dónde vas tan apurado? ¿A dónde está tu hermano? Preguntaba mientras me dejaba el pie en el pecho.

-Al galpón a ayudar a Raúl a ordenarlo, esbocé algo atorado.

-Bueno, estoy con tiempo hoy. Ironizó.

Siempre estaba con tiempo, dado que nunca lo vimos hacer nada. Mamá era la que mantenía la casa, limpiando otras casas, y haciendo labores domésticas.

-Los voy a ayudar. Y en ese momento tuve un presentimiento que este día no sería igual al resto. No me equivoqué.

Llegamos y al abrir la puerta, cuando Raúl vio a nuestro padre, se puso pálido, no por haber robado unas herramientas, si no porque estar en una misma habitación con él, y con nuevos instrumentos para su diversión, significaba solo una cosa para nosotros, dolor, más dolor.

-Bueno, a ver que tenemos por aquí. Dijo con un dejo de soberbia.

-Palas, serruchos, remos, tenazas, todo oxidado, nada de valor, nada útil. Y sin terminar la última palabra le pegó un cachetazo en la cara a Raúl que lo dejó de boca al suelo.

-¿Cómo es posible que ni siquiera sirvas para eso?  Todo inservible, como ustedes, no se les ocurre ayudar a su madre, en vez de estar perdiendo el tiempo con estas cosas?

Ninguno se animaba a contestar, ni siquiera a mirarlo, en el fondo sabíamos que todo lo que se descargara con nosotros durante el día, era energía gastada que aplacaría los típicos ataques que tenía con mi madre por las noches.

-Quiero que limpien hasta la última marca de óxido de estas porquerías y ordenen todo este lugar. Yo no podía ni mirarlo, lamentablemente Raúl lo hizo, secándose la nariz de sangre, y dijo:

-Tenemos que irnos a la escuela, nos pasa a buscar la lancha en veinte minutos, no podemos quedarnos a limpiar esto.

Él hizo una mueca  con esa sonrisa endemoniada. -¿Así que no pueden ayudar en casa, por qué tienen que ir a la escuela? Pedro, siento mucho que tu hermano no entienda que no se me contesta cuando les hablo. Se iba aflojando el cinturón a medida que nos hablaba, y nosotros sin mediar palabra nos sacábamos las remeras y nos poníamos de espaldas, esperando que haya elegido el cinturón viejo que casi no tenía partes filosas.

Quince minutos después nos fuimos corriendo del galpón, a buscar nuestras mochilas, con las espaldas todas marcadas por lo que parecía  ser un cinturón nuevo, o quizás unas espaldas demasiado lastimadas.

El jardinero de la escuela nos buscaba en su bote, y nos dejaba a unos kilómetros de la escuela, ya que de ahí seguía para hacer las compras para sus quehaceres.

Todas las mañanas caminábamos alrededor de treinta cuadras por los pastizales para llegar a tiempo al toque de la campana, algunos compañeros cuando pasaban con sus lanchas por la costa, nos gritaban: -¡Vamos patitas cortas! ¡Ustedes pueden! Todos nos llamaban así, tanto nuestros amigos, como la gente que no era tan feliz de que acudiéramos a la escuela con ellos. La realidad es que éramos bastante pequeños de estatura, y supongo que a la distancia nuestras patitas caminando rápidamente, se verían más cortas aún.

Por supuesto que no teníamos plata para pagar esa educación, pero gracias a mamá, quien era la mejor cocinera de la isla, podíamos darnos ese lujo; ella todas las noches cocinaba las viandas para nuestro director y con eso y algunos trabajos más que hacía en algunos de sus terrenos, podríamos asistir.

Esa tarde, mamá nos había dicho que el director nos podía llevar a los tres a casa, dado que el volvía a la ciudad, y nuestra casa estaba de camino a la guardería de su lancha, por lo que nos quedamos jugando con Raúl, disfrutando no tener que volver temprano a la casa del río, que nunca pudo funcionar como un hogar, a pesar de todos los esfuerzos de mamá porque así fuera.

El director, un hombre viudo, de los más amables de la isla, nos invitó a merendar a los tres a una confitería cerca de la escuela, pese a los no rotundos de mamá, no tuvimos opción, y con una ropa que nada tenía que ver con ese lugar y ante varias miradas de disgusto, Raúl y yo comimos como si fuera la última vez que lo hacíamos. Mamá nos retó, pero en el fondo sabíamos que estaba feliz de vernos disfrutar una comida, sin el

miedo a que en cualquier momento, volara un plato por el aire o se estrellará una vaso de vino en la pared.

El sol se escondía pidiendo permiso detrás de los pinos del delta, mientras el director se acercaba a nuestro muelle, se divisaba la sombra de un hombre robusto, parado en el muelle con una botella vacía en su mano, y los ojos rojos, combinación del alcohol y de la ira que ese hombre, mi padre, llevaba dentro de él.

-¡Director! ¿Cómo dice que le va? Sonreía forzado mientras sujetaba la cuerda de la lancha.

-Muy bien, Sr. Espero no le moleste que me haya tomado el atrevimiento de haber invitado a merendar a los chicos, realmente tiene unos hijos ejemplares.

-No por favor, señor director, faltaba más, veo que también se ha tomado el atrevimiento de llevar a mi mujer, la próxima vez tenga la generosidad de no devolverlos, jajaja. Nadie se rió, sólo él y cada vez más exagerado.

Bajamos del barco, nos dio unas fuertes palmadas en la espalda, sabiendo que las teníamos doloridas, pero no hicimos ni una mueca, cuando mamá bajó la agarró vulgarmente de la cola, la beso en toda la cara con la lengua afuera, mi mamá lo empujó hacia atrás, y salió corriendo hacia la casa.

-Señor me parece que- atinó a decir el director, mientras él le revoleaba la cuerda por la cabeza.

-No se meta donde no le corresponde director, esta es mi familia, sería una pena que usted no entienda eso.

El director nos miro a los dos, encogidos de hombros con la mirada baja, y se marchó en silencio, se que Raúl deseaba gritar tanto como yo, que no se vaya, que no nos abandone, pero ambos callamos y rogamos que la noche pasara rápido.

-Quédense los dos acá hasta que yo les diga, si los veo cerca de la casa, van a rezar  no haber vuelto de la escuela.

Nos quedamos ahí parados,  mirando la espalda de un hombre, el cual, por alguna razón que no entendíamos, el destino había querido que fuera nuestro padre.

Entró a la casa, azotando la puerta, cerró las cortinas de las ventanas, y escuchamos un alarido de mamá que nos perforó el alma, Raúl atinó a salir corriendo, lo agarré de la mano, lo abracé y le supliqué que no vaya, los dos sabíamos que eso sólo empeoraría las cosas.

Escuchamos ruidos de todo tipo, imploramos porque nuestra imaginación no condijera con la realidad,  Raúl empezó a hablarme de cualquier cosa para que yo me distrajera, lo cual era imposible, no podía escuchar  más que los gritos de mamá y mi corazón palpitando hasta sentirlo en mis oídos.

Después  de un largo rato de silencio total, salió él con la camisa llena de sangre, la cual sabíamos no pertenecía a él, y nos dijo que ayudáramos a mamá con la cena, que estaba algo débil; ninguno de los dos estaba listo para encontrarnos con la escena que había tras la puerta de casa.

Mamá estaba tirada sobre la mesa, los ojos explotados en sangre y lágrimas, la cara plagada de moretones,  el piso lleno de vidrio, los pies de ella todos cortados, y asumo, lo que hizo un quiebre en mi hermano, toda la mano de mamá quemada, y la hornalla aún prendida.

Raúl salió corriendo al galpón, no pude detenerlo, no podía dejar a mamá sola en ese estado, pero temía lo peor para él. Me encontraba paralizado.

-An..dá a buscarlo, lo…lo va a matar.. Raúl… Raa. Sollozaba mamá, porque no podía ni levantar la voz.

Salí de la casa y lo vi a él yendo tras Raúl al galpón, no sé porque no tuve miedo, y comencé a correr tras él, no me importaba morir, no me importaba nada  más que alcanzarlo, sentí que mis patas cortas se estiraban y antes que él lo agarrara a Raúl,  entrando al galpón, me tiré sobre sus tobillos, y ayudado por el nivel etílico que él poseía, lo tumbé al suelo.

Raúl miró de reojo y cruzó la puerta, ahí si sentí miedo, no a los golpes, no a él, no a morir, sentí miedo que mi hermano me hubiera abandonado.

Antes de darme cuenta, lo tenía sobre mi pecho, al punto que podía sentir como se quebraban mis costillas, respirar era una odisea, marcada al ritmo de cada puño sobre mi cara. Cuando se levantó, sentí el mínimo de aire sobre mis pulmones, aún sintiéndome incapaz de reincorporarme, observé cómo se dirigía en búsqueda de Raúl, quien antes que el entrar, salió con todas sus fuerzas empujando la carretilla de las herramientas y lo tumbó nuevamente al piso, donde empezó a pegarle con un remo oxidado en la cara, en la cabeza, en el pecho. Hasta que con un movimiento de piernas, él lo empujó y Raúl cayó de lleno sobre la carretilla tirando todas las herramientas al suelo.

Él se levantó, agarró el mismo remo  cubierto de sangre y lo estrelló contra la espalda de mi hermano, lo giró sobre sí y cuando estaba por fusionar su puño con el ojo de Raúl; reventé una pala de metal sobre su nuca y cayó mitad del cuerpo sobre la carretilla, mitad del cuerpo sobre el piso, quedó inmóvil por unos breves segundos; ninguno de los tres podía reaccionar físicamente, hasta que mi padre me apuntó con un arma que sacó de su pantalón y como una película donde todo pasa sin que uno pueda registrarlo, vi a mi hermano empujar a mi padre, carretilla incluida hacia el río, ambos cayeron al fondo, yo como pude salí corriendo con una soga, no teniendo en claro por qué, Raúl tomó mi brazo, apoyó su cabeza en mi hombro y dijo:

-Hasta acá llegamos Pedro, si lo salvas a él, nos matas a todos. Y me quedé mirando el río por un tiempo que no recuerdo cuanto habrá sido, nunca será el suficiente si el que se está ahogando es tu padre, sea quien sea ese hombre, siempre será mi padre ahogándose frente a mis ojos.

Cuando me levanté a la mañana siguiente Raúl ya no estaba, éramos mi madre y yo golpeados por una realidad y una soledad, inquietantemente tranquilizadora.

-¡Dale Pedro! El abogado llegó más temprano, vamos a terminar con esto cuanto antes.

-¿Raúl, alguna vez te arrepentís de lo que hicimos esa noche?

-Vos no hiciste nada Pedro, nada malo, solo fuiste testigo del intercambio de una muerte por tres. Un héroe casual.

Sabía que en el fondo, mi hermano tenía razón, aunque lo hubiésemos denunciado, algún día nos hubiese encontrado y habríamos vivido con miedo el resto de nuestras vidas.

Sin embargo por las noches cuando  no logro conciliar el sueño, siempre estoy alerta esperando que un día vuelva, no para pegarme, no para azotarme, si no para saber por qué lo dejé morir, y lo único que me deja dormir es saber, que matamos a mi padre, para salvarle la vida a mi madre, y posiblemente a nosotros también.

Aún así,  creo jamás podré sentirme un héroe, tan sólo me siento un asesino casual, que aún espera en silencio su condena.

Mary Putrueli Written by:

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