Rubia

Siempre hay una primera vez para todo, solía decirme mi abuelo, lamentablemente, lo hubo para mí también, la primera y la última.

Acepté seguir el caso de la muerte de mi prima, aunque sabía que no debía mezclar familia con trabajo, ley conocida por todos; sin embargo, desde el momento que escuché la voz de mi tía diciéndome: -Marcos, encontraron muerta a Anita, perdí la poca racionalidad que tenía en mi y supe que, por ella, por mi familia, por la justicia y por qué no, por mi mismo; iba a llegar hasta el final de esto.

La habían encontrado desnuda en la cama con una bata a medio vestir, el cabello mojado, un tiro en la cabeza, algunos sedantes en la mesa de luz, la tv prendida en un canal con rayas que iban de un lado para otro, todas las luces apagadas, a excepción de la del velador con forma de elefante que ella usaba para meditar. ¿Habría muerto meditando? ¿Por el tiro en la cabeza? ¿Por el exceso de sedantes? Todas preguntas sin una respuesta concreta, y para sumar más misterio al caso…una palabra.

Después que retiraron el cuerpo del departamento, me fui a vivir allí, las cosas con mi mujer Julia estaban en su peor momento, y yo solo quería paz y silencio para poder descifrar el por qué de este caso.

La primer noche que pasé en la casa de Ana, revisé todo con lujo de detalle, pero no había más de lo que la policía había encontrado, y nada parecía aportar alguna pista o camino certero a seguir: la vida de mi prima no era simple; enamorada hacia cinco anos y en relación paralela con Jorge, un hombre casado y con familia, quien jamás abandonaría ese lugar seguro que había construido.

Mientras ella esperaba lo que nunca llegaría, mantenía una relación ocasional con Mauro, un joven de 23 anos, con delirios de artista, quien la hacía sentir la mujer más deseada del planeta, pero nada suplía la necesidad de ella de ser la mujer de Jorge.
Los interrogaron a ambos, ninguno negó haber estado en su casa ese mismo día de la muerte de Ana, no era raro que Jorge pasara por las mañanas antes de ir al trabajo, así como Mauro la visitaba siempre después del mediodía, para un artista como él, madrugar implicaba abrir los ojos a las doce del mediodía.

Por todo el departamento había huellas de ellos, y por todo el cuerpo de Ana, el cual no tenía un solo signo de violencia, todo obedecía a dos instancias de encuentro sexual entre ellos, cada uno a su debido turno, y con voluntad de todas las partes de intervenir en dicho encuentro.

Motivos…ninguno. Ana nunca hostigó a Jorge a que se separe, Mauro nunca le pidió a Ana que deje a Jorge, con lo cual, un conflicto pasional parecía no tener lugar en esta historia.

También se investigó la relación que tenia Ana con Sonia, la mujer de Jorge, se conocían del colegio, aunque habían ido a cursos distintos, habían trabado una buena relación, y compartían el gimnasio dos veces por semana y algún café perdido de charla de mujeres, algún que otro domingo que Jorge se iba a la cancha con sus dos hijos.
No encontraron nada significativo, por supuesto la investigación hizo que Sonia se pusiera al tanto de la relación que llevaban su marido con mi prima, supe que se separaron un tiempo, pero luego ella lo perdono y volvieron a jugar a ser marido y mujer felices sin inconveniente alguno.

El arma que había ocasionado el tiro que dió en la sien de mi prima, solo tenía sus huellas, la autopsia arrojó un informe que acusaba una cantidad de ansiolíticos en el organismo de Ana, o sea que si no la mataba la bala, la mataba su mejor amigo el clonazepam.

Con todo este panorama, suicidio parecía ser la única respuesta a todas las preguntas, sin embargo en mi, algo, que no sabía bien qué era, no terminaba de convencerme, pensar que mi prima hubiese sido capaz de quitarse la vida…no, no así, no en ese momento, no por ninguno de estos dos prototipos de hombre.

La segunda noche que pase en su departamento llevaba casi 48 sin dormir, revisando todo sin nada potable que me ayudara, tenía una de mis cotidianas jaquecas, por lo que decidí tomar un baño extremadamente largo, esperando que el agua que caía sobre mi cabeza, se llevara la migraña y me trajera alguna solución a un problema que parecía carecer de solución.

Y fue en ese momento, cuando todo cambió, salí de la ducha, apoyé mis pies sobre la alfombra roja, me sequé bien el pelo con la toalla y cuando levanté la mirada…en el espejo frente a mí, escrito sobre el vapor, una palabra: Rubia.
¿Quién la había escrito? ¿Cuándo? ¿Significaba algo? Se tomaron pruebas de caligrafía de la letra del espejo para ver si coincidían con las letras de Jorge, de Mauro, de mi prima, pero nada era 100 por ciento certero, al fin de cuentas era solo una palabra, los caballeros en cuestión negaron haberla escrito, y aunque lo hubiesen hecho que cambiaba? Sin embargo, pasé dos noches mirando esa palabra, por alguna razón no se iba del espejo, y cada vez que llenaba el baño de vapor ahí asomaba, recordándome que alguien le decía rubia a mi prima, alguien no tan preciso porque mi prima era más castaño claro, pero ahondar en paletas de colores de cabellos me excedía.

La cuarta noche, mientras fumaba un habano y miraba la biblioteca de mi prima, noté que uno de los libros estaba fuera del orden obsesivo que mantenía Ana con ellos, el título “La insoportable levedad del ser”, una de las primeras ediciones. Mientras lo hojeaba, sin querer deje caer ceniza sobre una de las hojas, empecé a sacudir el libro para evitar mancharlo, cuando algo rozó uno de mis pies, una foto, dos chicas jóvenes con el uniforme del colegio, una rubia y otra castaña clara, me acomode mejor los anteojos que llevaba puestos, pude notar que una de ellas era Ana, no conocía a la otra; gire la foto y leí:

Te quiero tanto rubia! Firmado: A.
Salté de la silla, busque en todos los papeles que tenia las fotos con el rubia del espejo, y comparé las palabras, la misma letra, el mismo rubia.
¿A quién abrazaba mi prima en esa foto? ¿A quién le decía lo que la quería? Y por qué esa misma palabra fue lo último que escribió en el espejo de su baño? Y recordé…

Lo feliz que iba mi prima al gimnasio, como siempre decía que era su cable a tierra, como los domingos que jugaba Boca de local, nunca la veía en las reuniones familiares, ¿algunos cafés perdidos?

Lo devastada que estaba Sonia cuando se enteró que su marido le era infiel con su compañera de gimnasio, era por eso su desconsuelo? No tenía bronca ni enojo, ni miraba a Jorge, como lo debería haber hecho una mujer engañada, solo lloraba y se le veía el corazón roto entre las pupilas de los ojos, no era por Jorge.

Entendí entonces, no era Jorge la persona que Ana estaba esperando que dejara a su familia, tampoco le importaba en lo más mínimo Mauro, era tal vez, sólo tener a alguien más en su vida, un actor secundario más, todos éramos actores secundarios en la vida de Ana, y la única persona que ella quería que fuera protagonista…nunca se animó a serlo.

¿Cuánto tiempo es suficiente para esperar a alguien que nunca va a llegar, cuánta es la angustia que podemos soportar hasta no poder darnos cuenta que nuestra vida vale más que la de cualquier otra persona a nuestro lado?

El caso se cerró bajo la causa de suicidio, tal vez Ana si se quitó su vida, tal vez ese dolor era tan grande, y tan asfixiante que tuvo que cerciorarse de matarse dos veces, si las píldoras no hacían el efecto deseado, el revólver no iba a fallar, tanto puede doler el amor como para intentar matarnos no una sino dos veces?

Fue mi último caso, dejé de obsesionarme por las muertes de los demás, y decidí empezar a dejar de estar muerto en vida yo, volví con Julia y a un trabajo de esos de escritorios sin riesgo alguno.

Sin embargo cada vez que escucho un grito de rubia perdido por la calle, pienso en Ana, en Sonia, y en como para ellas no hubo nunca una primera vez, tal ven eso fue en lo único que mi abuelo se equivocó en esta vida.


Maria-Puetrueli-Escritora-Critica-Guionista-Firma-Smallest

Mary Putrueli Written by:

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