Sueño de una noche de Verano

Un verano, en una de la quintas que solían alquilar mis padres por la temporada, me encontraba como todas las tardes, disfrutando de ver a mis hermanos y sus amigos jugar al fútbol, cerca, bien cerquita de la línea que marcaba los límites de la cancha, aunque en esa época, esa línea marcaba algo más: los límites de los que podían jugar de los que no, es decir los hombres de las mujeres.

Pensaba para mi misma, nada tiene que ver con el buen juego que yo no pueda ser parte, porque yo siendo mujer, con alguna descoordinación típica de mis 14 años (veinte años después descubrí que la falta de coordinación no era un tema de edad, era un tema de mi cuerpo torpe y testarudo). De cualquier manera, yo jugaba mejor que ese chico que venía con todo el equipito nuevo, y terminaba el picadito igual que como lo había empezado, de punta en blanco porque no diferenciaba la pelota de las piñas que caían de los árboles.

Casualidad o causalidad, estaba leyendo Sueño de una noche de verano, y tal vez el arte de William Shakespeare llenó de magia esa noche, y sentí el grito de uno de mis hermanos: -María nos falta uno, querés jugar?  Un segundo de duda, esperando la típica cargada, pero no, no había en el pedido ni un dejo de ironía; salté de la reposera, me puse las zapatillas sin medias como pude mientras corría (no quería que se fueran a arrepentir en esos cuarenta segundos que me tomó llegar a la cancha), y ahí estaba entrando por primera vez  a una cancha de fútbol, por jugar mi primer partido, mi primer amistoso, tengo recuerdos dispersos de esa noche, comentarios de los amigos de mi hermano: -Che gordo, la pisa mejor que vos. -Que juegue más seguido. -Mirá la nena como te pintó la cara, y recuerdo mi primer y único gol de tijera: córner de uno de mis hermanos, la pelota que lo sobra al defensor, y yo en la indecisión total de si cabecear (no sabía ni como) o de correrme para que no me diera la pelota de lleno en la cara, salté y en el aire pude ver que si estiraba la pierna podía pegarle, famosa suerte de principiante la agarré de lleno y la clavé dentro del arco (al ángulo no, pero que importaba! fue gol! mi primer gol! Y ahí empezó todo…una pasión que al día de hoy no tiene lógica ni explicación, pero que pasión la tiene?

Eran otros tiempos, y el fútbol femenino lamentablemente no estaba en auge como en esta hermosa actualidad, con lo cual mi sueño de seguir disfrutando la comba de esa redonda caprichosa, quedaría para mucho tiempo después.

Empecé handball, parecía ser un deporte más “para mujeres” aunque siempre que podía en algún entrenamiento jugaba con los pies en vez de con las manos, el tiempo fue pasando, el deporte tuvo menos lugar, el estudio y el trabajo fueron ocupando su lugar, pero había algo latiendo dentro que hace tres años tuve que dejar salir.

Tenía 31 años, era mujer, no jugaba al fútbol hace diecisiete años, y escuché de una escuela de fútbol femenino, y dejé salir todas esas ganas y miedos juntos y me anoté y empecé este romance desbordante entre el fútbol y yo.

Desde entonces, el fútbol se convirtió en una parte fundamental de mi vida, conocí gente que me enseñó lo bueno y lo malo del deporte, y hasta de la vida, hice grandes amigas que seguirán conmigo siempre, y amigas de ocasión, una ocasión de generalmente 50 minutos donde nos olvidamos de todo, hasta de las diferencias básicas que nos definen a cada una.

Sentí los nervios  de una final, levanté copas de campeonato, y aplaudí con lágrimas en los ojos la vuelta olímpica del rival, intenté armar una escuela de fútbol, armé varios equipos, me gané un sobrenombre sin quererlo, tuve mi primer paso por el quirófano gracias al fútbol, me esguincé 4 veces el tobillo, me luxé el hombro, discutí con mis papás bajo su argumento de ya no tenes edad par eso, con la defensa de mi abuela: -Mah, si te hace feliz rompete toda!

Y seguí, y sigo, y cada día ver más canchas de fútbol llenas de mujeres tirando lujos, gambetas, pisaditas, tacos, caños, inspira y motiva, porque lo que tiempo atrás parecía un sueño, hoy es una realidad, y aunque sea de cartón, y tenga la movilidad de un lavarropas encadenado al piso, cuando piso una cancha soy feliz, desaparece la migraña, desaparecen los problemas, desaparezco yo, y me convierto en esa nena de 14 años que un día de pura desfachatada hizo un golazo de tijera ante la mirada atónita de 10 varones.

De eso se trata, a seguir sorprendiendo muchachas, se lo debemos al fútbol y el fútbol nos lo debe a nosotras. Que siga rodando…


Maria-Puetrueli-Escritora-Critica-Guionista-Firma-Smallest

Mary Putrueli Written by:

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