Una mala decisión

Una mala decisión

El sol pedía permiso por las rendijas de la persiana de plástico, la misma con quien

había batallado toda la madrugada, debido a ese viento insistente que no dejaba de

golpearla.

Ese concierto fastidioso que se había suscitado entre ambos, me había mantenido

despierto; eso, y la agonizante fecha límite. Por primera vez en años, una editorial

había puesto su voto de confianza en mí, alguien lo suficientemente errático, había

decidido darme dinero, anticipando una gran novela de un prometedor joven

escritor.

Ese era yo, sí era joven, sí había prometido una novela, y sí, me quedaban exactos

cinco días para escribirla, no tenía tema, no tenía título, sólo tenía definido a mi

personaje, un empresario en su mejor momento profesional, a quien la vida

empezaba a sonreírle, cuando un día al llegar a su casa, había encontrado una nota,

en la cual le anunciaban el precio que debía pagar si quería recuperar a su bella

esposa y su pequeña hija.

Eso tenía, un hombre desesperado, esperando por mí, en vano.

La noche sin dormir pesaba en toda mi espalda, intenté esconderme una vez más

dentro del viejo edredón, cuando escuché un ruido proveniente del living que me

dejó en seco.

Mis opciones mentales fueron desde el viento aflojando algún objeto de decoración

inservible, hasta creer que el sonido inquieto era sólo una invención de mi cerebro

agotado.

Alguien tosió, ahora sí, era oficial, estaba en pánico, había alguien en mi

departamento y yo no tenía opción alguna, más que levantarme e ir a su encuentro.

En cámara lenta me puse una vieja remera, tomé por el mango la botella vacía de

cerveza que se había dormido junto a mi ya entrada la madrugada; si iba a morir a

manos de un extraño no sería sin dar pelea.

Caminé lentamente hacia la sala, intentaba agudizar el oído pero no se escuchaba

nada, por alguna razón que se escapaba al sentido común, iba tomándome de la

pared con la mano que me quedaba libre, estaba a punto de asomar mi cabeza y

descubrir quien estaba dentro de mi casa.

Lo primero que vieron mis ojos, no tenía lógica alguna, me asomé y del susto volví

para atrás, incrédulo en todo mi raciocinio me asomé nuevamente y ahí estaba él

sentado, en mi sillón, cabizbajo, con las manos entrelazadas.

No, no era posible, no podía ser, volvió a toser, y el último carraspeo de su garganta

coincidió con el choque del envase de cerveza deslizándose de mi mano hacia el

suelo. Me miró asustado, yo lo miré esperando pronto despertar de lo que creía un

sueño, su mirada coincidiendo con la mía, sabiéndonos conocidos indicaba que

esto era real.

-¿Marcos?, dije titubeando, sin terminar de asomar el resto de mi cuerpo hacia

donde estaba él. Asintió con un leve movimiento de cabeza.

-No, no puede ser. Insistí en convencerme de la idea de una posible alucinación,

hasta que este señor, de traje impecable, se levantó la manga del saco,

descubriendo ante mis ojos un tatuaje de un dragón chino, un tatuaje que yo

conocía perfectamente bien, al igual que a esa persona que estaba sentado en el

sillón de mi casa; ese tatuaje lo había pensado yo y ese hombre que no dejaba de

mirarme, era ni más ni me menos, que el protagonista de mi novela sin escribir.

-Lamento aparecerme de esta manera, pero entenderás que no puedo quedarme

de brazos cruzados. Sus labios se movían diciendo estas palabras mientras yo

seguía perplejo ante la utópica situación que mi personaje principal me estuviera

hablando y disculpándose en mi propia casa.

-Se que esto puedo resultar confuso, y no hubiese querido llegar a este extremo,

pero siguen pasando los días y mi familia continúa desaparecida, y vos no estás

haciendo nada para ayudarme a encontrarla.

Me acerqué un poco más, logré susurrar: -¿Ayudarte cómo?

-No sé, vos decidiste esta situación, ahora tenes que arreglarlo, no podes dejarme

ni dejarnos así, por favor sentate a escribir y decime donde está mi familia.

Sin lograr salir del asombro, me senté a su lado y de la mejor manera posible le

expliqué lo que estaba sucediendo.

-Marcos, dejando de lado que esto que sucede no está sucediendo, más que en mi

afectada materia gris, no puedo ayudarte ni con tu familia ni con nada, porque

lamento comunicarte que vos sos un personaje escrito por mí, para el cual me he

quedado sin palabras. Me miró de reojo, confieso que sentí un escalofrío por todo

el cuerpo.

-A mi no me interesa los motivos de este ausencia de palabras, pero si vos no

lográs encontrarlas y dejás que pasen estos cinco días restantes, mi familia va a

desparecer, y yo no puedo permitírtelo.

Perfecto, ahora sí había tocado fondo, estaba siendo hostigado por una creación

literaria de mi autoría. Me reí por dentro hasta que la risa se convirtió en

carcajada, algo desquiciada, admito: pero cómo no reír ante tal amenaza.

Me levanté del sillón, prendí un cigarrillo mientras miraba a través del ventanal,

miré hacía atrás, él seguía ahí, sin sacar su vista fija en mí.

Me senté en el escritorio, encendí la computadora, mientras cargaba el archivo de

mi truncado primer libro, intenté explicarle a Marcos, que no había nada que yo

pudiera hacer, los días pasaban y mi imaginación e inspiración habían decidido

desaparecer y abandonarme a mi suerte.

¿Por qué no se aparecieron ellas en mi casa?. Pensé por dentro, a ellas sí las

hubiera invitado a quedarse a vivir conmigo, pero este intruso asfixiante era lo que

menos necesitaba para terminar de erosionar por dentro.

Le mostré la pantalla con pocos párrafos desarrollados, junto con unos cuantos

pilones de hojas escritas a mano y tachadas en rojo por donde se las mirara; para

mi sorpresa la pasividad de Marcos, dio un cambió rotundo al tomar mi mano con

fuerza y apoyarla sobre el teclado, bajo la orden de escribir.

Retiré mi mano con fuerza, Marcos se incorporó, , aflojó su corbata, y antes que

pudiera notarlo, se abalanzó sobre mí, intentando tomar mi cuello con sus

diminutas manos imaginarias. Comenzamos un forcejeo de un lado a otro,

terminamos en el suelo, rodando, vuelta y vuelta, ninguno de los dos era un

luchador nato.

-Primero, si me matas no voy a poder ayudarte, nadie va a escribir tu historia y

segundo, aunque no estoy seguro de no querer que me mates, no tengo nada

interesante que escribir, soy un fraude, un escritor de poca monta, al que le dieron

una oportunidad que nunca pidió.

Perdido en sus estribos, tomó un resto de la botella de cerveza del suelo y la colocó

sobre mi cuello, jadeando, con las venas de la sien al borde de explotar.

-Arrogante de porquería, vas a dejar que las maten, todo por dejarte ser un

fracasado sin aspiraciones. No se podía negar que para ser un invento, el tipo tenía

todo bastante claro.

Ya molesto y enceguecido por la ira contra él y contra mí, saqué fuerza que no

recuerdo haber tenido, de músculos que tampoco sabía existían; cerré el puño

derecho con toda la fuerza posible y lo estrellé en su pómulo izquierdo, arrojando a

mi único y preciado personaje al encuentro con su muerte.

Cayó de lleno sobre el resto de los vidrios, incrustando su cuello y elegante corbata

sobre ellos, dibujando un charco de sangre en su camisa blanca de chico bien.

Estuve sentado a su lado, sin reacción, sin pensamientos, sólo sentado, dejando

pasar un día más. Llegó la noche y me encontró en la misma posición, intenté

incorporarme sobre mis pies, esquivé los vidrios, me dirigí nuevamente a la cama,

ahora tenía sólo cuatro días para entregar mi primera novela, y un problema aún

más grave, acababa de matar a mi personaje principal.

 


Maria-Putrueli-Escritora-Critica-Guionista-Firma-Smallest